En el mundo de la caza

domingo, 19 de agosto de 2012

LIEBRES “RESUCITADAS"


Perla la puso en la mesa. La Torreta, 2009 (foto. C. M. C.).

A la atención y sensibilidad de mis amigos Carmen Gracia, Carmina Pastor y Lorenzo Caruana.

Liebres resucitadas

Cecilio Martínez Cerdán
(Revista TROFEO, octubre de 2002)

Todos hemos escuchado casos en los que, tras el disparo, la rabona cae fulminada para, poco después y como por arte de magia, levantarse y salir a la carrera dejando perplejo al cazador. Sobre este tipo de "resurrecciones" tan frecuentes como poco estudiadas de un modo científico, reflexiona el autor de estas líneas.


En una joya de la venatoria menor española: Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (Delibes, 1977), hay un párrafo del maestro que cierra el anecdotario titulado “Las liebres de Castilla” (págs. 42-43, Destinolibro, 1985), cuya lectura me sorprendió enormemente por cuanto me descubrió, en veintisiete líneas contadas, lo que para mí era hasta entonces un verdadero misterio. Que sepa, todavía es hoy uno de los “secretos del campo” que nos guarda a muchos este hermoso animal, por comportamiento tan propio como enigmático. Sobre todo por la escasa literatura cinegética que lo aclare de modo práctico o científico; siendo, por el contrario, cuantiosos los casos de resurrección de liebres, como pude comprobar en cuantas ocasiones tuve de preguntarlo, luego de leerlo en Delibes.  

Tratándose de un “secreto a voces” entre los cazadores, creo que no es gratuita la referencia y vale la pena plantearla abiertamente; pues aunque cada uno tenga su versión, como es de lógica, estoy seguro que hay lebreros y cazadores en general que lo saben “a ciencia cierta”. Y claro es que no por una cuestión de ciencia infusa, sino porque en sus observaciones e investigación, de algún modo, se les ha desvelado el enigma de manera determinante. Yo aportaré lo mío, aclarando antes al lector no avisado la importante referencia traída arriba.
El autor cobrando una liebre con Nelo (El Roble, Peñas de San Pedro, 1980) Foto: Enrique Gil.

En dicho anecdotario –5 de diciembre de 1971– escribe Delibes sobre dos liebres antitéticas o de comportamientos totalmente opuestos: una que tocada, pero viva, sin haber observado el menor estremecimiento, ni la más mínima contracción, se larga a morir fuera del alcance de mi vista,  recorriendo sin inmutarse cerca de un kilómetro de barbechos erizados de terrones; y otra –la que nos importa aquí–,  una liebre muerta que, de repente, resucita, da la espantada y se larga a criar (...) mientras mi hijo ahuecaba el morral, y tras un tiro certero en que la rabona dio dos voltinetas y quedó tendida en el suelo(...) Mas, como es lógico –continúa Delibes–, de inmediato surgen las cábalas: ¿Puede una liebre resucitar? ¿Cabe en estos bichos una astucia tal que les lleve a fingirse muertos para eludir el acoso? A mi juicio ninguna de las dos cosas –y concluye, tras relatar un caso similar en una perdiz: ¿Motivo? ¡Vaya usted a saber! Aunque lo más probable es que un plomo le rozara la cabeza privándole momentáneamente del sentido.

Con la perdiz (dejando a un lado las de torre, que es un caso bien distinto y claro: un plomo mortífero que les hace perder primero el sentido de la orientación), me ha sucedido una vez en unos treinta años de caza; habiendo descolgado, de monte, una cifra cercana a las doscientas. Agacharme a coger la perdiz, malherida, aleteando, y remontar ésta de súbito briosamente del suelo, ganando altura a favor del viento y perdiéndose por la traspuesta. Pero ya lo he dicho, en mi caso estaba claramente malherida. En el relatado por Delibes, estaba –dice–, inmóvil y patas arriba; o sea, aturdida por un perdigón en su conjetura final.
Liebre de piornal, matacán, cogida a la carrera por Perla, 2009  (foto: C. M. C.) 











Con la liebre, sin embargo, me ha ocurrido dos veces y no he revolcado más de cuarenta; al haberme dedicado casi exclusivamente a la perdiz y haber cazado la rabona en tierras alicantinas, donde no es tan abundante como en las dos Castillas.

La primera quedó inmóvil a unos veinte pasos, entre la polvareda del disparo en una  senda de monte. Cuando me incliné para cogerla salió de estampida hacia lo alto trasponiendo dos lomas consecutivas, como si nada. Dos cazadores que observaron el asunto de cerca –con la experiencia de la edad y tres podencos– decidieron ir a por ella, comentando: “Cuando le dé el aire de la traspuesta está muerta”. Yo me iba por la hora y ellos se quedaban a comer. A la semana siguiente les pregunté, y nada de nada. De esto hacen ya veinte años y me quedé con el misterio; pues a nadie, antes de leerlo en Delibes años después, le había oído comentar caso semejante.
Marquesa (1992-2003), alma del lance que sigue (Fue la valentía, la fuerza, la pasión, muy suya). Abuela de Perla (2005-2011): Precoz, segura, inigualable en la caza hasta su desgraciado accidente... (la pasión).

La segunda fue a media falda de una umbría, mostrada por Marquesa bajo un pino cuyas ramas tocaban el suelo. Yo, ante la muestra, estaba inmóvil arriba, y la braca, rompiendo de pronto, dio tres recortes rápidos y consecutivos –de izquierda a derecha por la parte baja del pino, cortándola–, metiéndome la liebre escurrida en los pies que, casi tropezando con ellos, giró bruscamente a mi derecha por la senda donde yo estaba plantado; revolcándola, sin patalear, a unos veintitantos pasos. Mientras cargaba, dejando que la perra la cobrara, observé que al mismo instante de hacerlo, al notarse tocada por las fauces del can, la liebre despertaba de su inmovilidad y se revolvía pataleando; mas no valiéndole ya coplas en el asunto, porque la perra la apretó dos veces encima de los costillares. 

Consciente de la cuestión, y mosqueado por ese súbito despertar, despellejé la liebre con esmero; puesto que la naturaleza del lance me brindaba una oportunidad única, casi científica al cien por cien. ¿Resultado?  Nada de perdigones; de patas a orejas ¡Cómo no fuera qué éstos hubieran coincidido con los orificios y desgarros de los colmillos! –cosa casual, pero posible, con lo que la duda estaba de nuevo servida; y los cuales, del ocho, tampoco aparecieron luego en el plato.

Matacán desollado, "enmagrecido". 2009 (foto. C. M. C.)
Poco antes de esta experiencia, quizás un año, había hecho la primera pregunta a mi amigo Juan Albert, hombre sensible y de gran memoria que ha gustado y gusta todavía mucho de esta caza en tierras de El Pinós, Alicante. Su respuesta fue tan pronta como “a bocajarro” y escueta la pregunta (como me gusta hacerla, aunque dependiendo de los cazadores):

     Juanito, ¿a usted se le ha resucitado alguna liebre?

 —   ¡Ya lo creo!  ¡Y la teníamos agarrada entre las manos, el Tío Patró y yo! Y diciendo, “mira qué bonica, qué pelo que...” ¡Tú! ¡Va pegar un salto! ¡Cataplam! I s´en va anar corrent... (Acababa Juanito, hablando en valenciano, mientras hacía una V con los dedos, trotando y fintando, que era la viva imagen de la liebre largándose a criar). Luego añadió:

 —   Desde entonces, el Tío Patró, quan agarrava una llebre, li donava una bescollada [pescozón], no fiant–se d´elles.

Ante caso tan excepcional y maravilloso -que nos descarta, además, el que la liebre se haga la muerta; al igual que en el  anterior caso, al dejarse coger por la perra, ni que decir tiene que uno siguió preguntando, por ver qué más se le arrancaba. Destacando de entre ellos dos más. Uno, ocurrido al padre de un amigo, por el hecho importante –único entre todos los interrogados– de que el cazador observó sangre al ladearla con el pie, y cuando se giró para cogerla vio cómo se le largaba, mientras había preparado la bolsa a sus espaldas. Del otro –sucedido al suegro de otro amigo, aunque distinto por no haber desvanecimiento–, por el hecho de que la rabona, tras el disparo, salió corriendo con mucha torpeza y conforme era perseguida por la perra del cazador fue, poco a poco, recuperando su normal carrera, perdiéndose.

El resto de careos han venido a coincidir con lo relatado por Delibes de su hijo: una liebre muerta que desaparece en una loca carrera, tras dejar la escopeta para meterla en el morral (a mi hermano, sin ir más lejos, cazando en La Mancha). Y así en más de un setenta por ciento, aproximadamente, de los casos preguntados; los cuales, no superando la docena, vienen a confirmar ese “secreto a voces” de que hablaba o frecuencia de casos con este animal.

Mi conclusión, computando todos los casos expuestos –directos e indirectos–, y eligiendo una tesis en la que cualquiera de ellos encaje, sería que en la rabona se produce un síncope o colapso, independientemente de que haya sido, o no, herida; bien que muy levemente. Y esto último sí es claro e importa subrayarlo, puesto que esta liebre, aun herida, se nos larga en el cien por cien de los casos “más viva que la madre que la parió”; y de no haber sido presa, obviamente, por otra circunstancia. La levedad de un percance con desvanecimiento momentáneo y repentina recuperación viene a ser, grosso modo, una definición de lo que se conoce como síncope leve; del tipo que sea: cardíaco, respiratorio, neurogénico, etc., e incluso mixto; desencadenados por una hipotensión instantánea que ha sido provocada, en nuestro caso, por el tremendo estrés del animal unido al artificioso trueno, y que según el tipo o cuadro al que afecte (razón por la que afirmo que pueden, o no, haber perdigones), sincopizan la defensa de su carrera.

Hasta aquí resulta todo factible. Tanto como el que la rabona se hiciera la muerta, si no fuera porque queda descartado al dejarse coger en dos de ellos. Pues, de otro modo, no habría motivo para hacerlo al apreciar a menudo en la naturaleza autodefensas, si cabe, mucho más increíbles.    

Sin embargo, la cosa tiene más enjundia de lo que parece. Pues si con esta tesis viene a tener cabida cualquier caso de liebre resucitada (debido, además, a que existen diferentes grados de síncopes: desde  levísimos hasta fatales, dando con ello juego a la disparidad de casos), no viene a serlo, para nada, con el gazapo. Es más, tan siquiera se nos plantea. En efecto, a nadie se lo he oído referir –jamás– del conejo, por más que haya preguntado; ni me ha pasado con él habiendo revolcado el doble que de liebres. Y, claro, lo que no acierto a comprender, por mucha lógica que posea  (y aunque derive de ello), es: ¿Por qué no  iba a quedar sincopizado o sin sentido momentáneo este logomorfo, tras el roce de un perdigón; siendo otro mamífero, para el caso, de idéntica constitución orgánica y mismo sistema nervioso central?

A mi amigo Juan Albert.











Arriba: Matacán: 3. m. Liebre que ha sido ya corrida por los perros (DRAE). La longitud del cañón hasta la recámara es de 70 cm. Apréciese la envergadura, potencia de las traseras y pelaje de este macho (orejas rasgadas por peleas con otros). Der.: Preparada para el despiece (corazón como medio cráneo, casi). Izq.: Finura de las delanteras. (La Torreta, Sant Vicent, 2012; f.: C. M. C.). 

P. D.:

"Un animal tan menudo, capaz de arrancarse hasta los 70 km/h, mueve a la admiración incondicional, la misma que advirtiera Miguel Delibes en un breve y entrañable relato, El matacán del majuelodonde la define como... una liebre que se resabia y a fuerza de carreras y de años enmagrece, se la desarrollan las patas traseras, se la aquilla el pecho y corta el viento como un dalle..., de ahí que... el afán por cazar el matacán no lo inspira la apetencia de la presa sino… una simple cuestión de amor propio, el mismo que lleva al del cuento y a las liebres de nuestro campo las más de las veces, a sucumbir bajo el tiro fatal, siempre alevoso sobre una liebre o bajo el aliento del tercer protagonista de nuestro relato, el galgo". 

Vid. en este enlace:
http://www.ppvaldeavero.es/Columna_de_Opinion/atletas_de_la_estepa.pdf.














sábado, 18 de febrero de 2012

"MAYOR DENTRO DE LA MENOR"


MAYOR DENTRO DE LA MENOR


Cecilio Martínez Cerdán
(Revista TROFEO, 2001)

Sin saber bien por qué, después de ocho años, se arranca uno a escribir un lance de caza inesperado, de caza mayor practicando la menor.
Quizás sea porque los seres humanos también somos "recuperación de la memoria", como se ha dicho sabiamente; o tal vez por aquello otro de que importa más en el viaje el camino que la meta. Es decir lo que acontece en el lance, su enjundia o sustancia, más que la consumación de éste; se haya disparado y acertado o no, como sabemos bien los cazadores. Pues puede que, en última instancia, tras el fragor y emoción del lance, lo que va a permanecer en nosotros dando sentido a esta milenaria ocupación, no sea sino lo que entresacamos, la lección que aprendemos, de primera mano, con la naturaleza. Y, más aún, incluso después, al regreso del viaje: cuando se han atado los cabos sueltos. El arte de cazar es un tremendo repertorio como ya nos explicó Ortega en su famoso prólogo. La caza, como otros” mundos" -el toreo, el mar, etc.-, puede dar para mucho; para tanto, a veces, que algunos de sus rasgos nos resultan inexplicables a los seres racionales. Cierto es que "el campo no guarda secretos", pero también lo es que éstos pueden quedar ocultos o encamados a nuestras entendederas por mucho tiempo o para el resto; mas provocándonos siempre, a poco que nos detengamos, la investigación  propicia para  la exégesis. Cazar, queda claro a muchos cazadores, no es consumar o “cumplir” dando muerte al animal, aunque lo pretendamos y con ello se redondeé la faena. Si es así mejor que mejor, mas también puede redondearse o realizarse completamente con la exégesis, con la explicación, que es cuando cobra un lance su total sentido; revelándosenos el cazar en toda su dimensión: el campo no nos guarda ya ningún secreto. La explicación también tiene su miga, y sin ella -es legítimo y personal- no hay verdadero desenlace. 
Cazar encaja, -con mayor claridad, si cabe-, en la definición hecha por Umbral sobre el quehacer de escribir, puesto que también es un modo de enriquecer el universo empobreciéndole (Y sin que este empobrecimiento, si es “legal”, venga a restarle nada a la generosidad del universo). Creo que es ello, y no la muerte de un jabalí cazando la perdiz, lo que me mueve o motiva, más que el relato preciso -si bien imprescindible- en una hermosa mañana de diciembre.

Trayectoria del disparo y punto de parada
El suceso ocurrió un luminoso domingo de 1993, cuando una mano de siete escopetas, sin perros, arrastraba una ladera de unos 350 metros de falda; siempre adelante, sin poder volver, como condición del arrendatario de la caza. Yo iba en un puesto bajo, donde más se dispara, invitado por mi hermano, al que le correspondía ese turno aquel día. No bajé ninguna en todo el recorrido, a pesar de haber disparado unos quince cartuchos. La experiencia era nueva para mí, ya que las he cazado al salto y con perro. Estas bajaban desprendidas "como reactores", de pico, y tiroteadas por la mano, en un número medio y aproximado de cinco por cada vertiente. Las que no, iban sierra adelante o se volvían a los de arriba. (Luego entrevé uno que esos disparos, cuando no encierran peligro con la línea de puestos, es mejor hacerlos frontales, cobrándolas prácticamente en los pies. Y de  no ser que se corra la mano hasta tres metros por delante, si se las dejado cumplir mucho; yéndolas a cobrar, si es que se cobran, como pude comprobar, a más de cien metros). El caso es que la mano se paró en todo el trayecto unas cinco veces que era el número de vertientes. En la primera de éstas se arrancó a los compañeros de arriba un jabalí, mas el ajetreo  de gritos y disparos de sexta quedó en nada, reanudándose el silencio a los cinco minutos.
En la última parada, donde la ladera desembocaba  ya en pequeñas lomas, se disparó más que en otras; pero no más quince cartuchos entre todos, pues escaseaba la perdiz ese año y en esas fechas. Acabado el ojeo y reunida la mano en esos bajos, la cuadrilla se fue dividiendo: dos hacia la casa; y otros, tres cazadores, unos sesenta pasos delante de mi hermano y de mí, hasta la carretera que distaba unos doscientos metros; para dar el último gancho y volver también a la casa, pues algunas perdices aguantan y se vuelven en la punta.
El autor en Elche de la Sierra, diciembre de 1993
Reanudamos la marcha con la misma intención y tras las  pisadas de los tres cazadores que se habían adelantado, por el linde de un bancal de almendros con la sierra. Al llegar a la carretera no se levantó ninguna y mi hermano me sugirió que me volviese  de nuevo a las primeras lomas a ver si me estrenaba. Lo hice desandando lo andado, pero subiendo el margen de tierra que separaba el bancal de almendros con la loma, con el fin de trasponerla. Nada más subir el margen, junto a un pino con los desbroces de la poda de los almendros, vi un jabalí arrancado a la derecha, a unos veinticinco pasos, remontando la loma. (¡El pino no distaba más de cincuenta pasos, en línea recta, de la última vertiente donde se habían disparado los quince cartuchos!).
Dispararle un cartucho de sexta y notar que había sido tontería, al apretar más el bicho, fue todo uno; como lo fue cargar los dos cartuchos de bala en la superpuesta y correr a lo que daba. Al asomarme el jabalí salía de la pequeña rambla por donde había bajado -lo único espeso de la traspuesta, pues eran lomas descubiertas, de esparto- y lo hacía galopando, luciendo su portentosa musculatura y pelaje brillantes en busca de la  sierra grande que habíamos faldeado. Le apunté perfectamente a la cruz, un poco alto,  pensando en que casi siempre se hace corto, y ya que ofrecía todo el raquis. (A esa distancia, unos noventa pasos en línea recta, el bulto se mueve poco y el tiro no tiene las complicaciones del movimiento rápido. Tiene menos mérito, contrariamente a lo que creen algunos, pues si el proyectil tiene tensión y el punto de mira deja ver bulto, basta con correr la mano pocos centímetros).
Con el primer disparo  me salió el exabrupto en "todo lo que había" y hasta desencaré la escopeta, pues no observé el menor acuse en el animal (no hacía viento y era una bala de las garantizadas a cien metros). Sin motivación ya y apuntando muy por encima del animal le lancé el segundo, cuando, -¡bendita sorpresa!- el animal se levantó de los cuartos delanteros, dando volteretas hacia atrás , como apezuñando el aire, hasta pararse en la rambla de donde había salido. Pensé en la chambonada  (la segunda era de esas que a cincuenta metros hacen desviaciones de hasta un palmo); y sobre todo, dónde y cómo quedaba -cómo cobrarlo-, ya que debía correr más de ciento cincuenta pasos y perderle de vista al tener que remontar una pequeña loma. Al ver que quedaba quieto, me fui en su dirección cargando con sexta. Al llegar, el bicho estaba aculado, completamente vivo y mirándome, con el hocico en alto. Opté por dispararle en la cepa de la oreja un cartucho que, a diez pasos, le hizo un diámetro de unos cinco centímetros, muriendo instantáneamente y echando la sangre. En esto oí que mi hermano, justo desde donde yo había tirado, me gritaba preguntando a qué le había disparado -oyó cuatro disparos y el día no daba para tanto. Cuando le dije que un jabalí y se lo señalé con la mano, llamó a gritos a los otros cazadores para recogerlo.
Castillo, ayudando a desollar otro jabalí
El jabalí, posiblemente otro solitario hermano del que se había ido por la mañana (y al que probablemente ya no se le vuelva a tirar, en mano, ni con bala), era sin duda un macho inexperto -joven, de unos tres años y medio y 75 quilos de peso bruto (fórmula de Brandt). Había aguantado excesivamente el encame que tenía bajo el pino, junto a la despensa de almendras -su estómago era una pelota de poco más de un quilo de almendras molidas- y le había ido la vida en ello. De no ser así es bien seguro que en otra ocasión no se hubiese dejado disparar; pues, además, algunos perdigones del primer disparo le habían hecho sangre en la parte baja del vientre, otros se veían incrustados a su piel. Cuadraba todo, excepto la “chambonada” del cartucho que lo aculó. Al día siguiente, estando en casa reflexionando sobre ello, até el cabo que faltaba saltando de pronto a la carnicería donde estaba despellejado. Le expliqué al carnicero lo que había y metiendo el cuchillo, unos doce centímetros del orificio en dirección a la columna vertebral, extrajo lo que quedaba de  bala, que aún conservo: un taco de plástico unido con tornillo a un buen trozo de plomo contraído y punzante. Había sido con la buena, pero coincidiendo con el trueno de la segunda, siendo totalmente engañoso el impacto mortal; pues con la primera no noté la más mínima mención en el animal, que continuaba como si tal.
A mi hermano José María, que propició una venturosa venación